Una de las cosas que llamó más mi atención cuando empecé a concurrir a la iglesia eran los himnos que cantaban. La música en general, la que nacía en la Iglesia y moría en ella.
La orquesta está formada por guitarras, acordeón, panderetas (actualmente en desuso) y tambor. El líder de la misma es un muchacho joven, más joven que yo. Recuerdo que en una época ambos estábamos en peligro de perder nuestras vidas, así que ahora me alegro de verle bien y dirigiendo los himnos de la Iglesia.
Acerca de eso: Las predicas/sermones de los miembros de la iglesia se ven seguidas de una o varias canciones, a veces entonadas por toda la iglesia. En este caso, el líder de la orquesta anuncia a la Iglesia que himno de "Los himnos de Sión" vamos a entonar todos juntos. Este himnario, por cierto, es singularmente viejo. Se dice que el himno número tres fue tocado por el cuarteto de cuerdas del Titanic. Como ven, es realmente viejo. Pero seguimos la enseñanza de un libro más viejo que la imprenta, asi que...
La otra opción para la música es que un grupo determinado cante algo, por ejemplo el grupo de Hermanas (mujeres casadas que incluso tienen días de reunión propio, además de los cultos generales) y el grupo de Jóvenes (que es en donde estoy yo, y estaré hasta que me case. Nuestra reunión particular es por lo general una vigilia)
También pueden tocar y cantar ante la Iglesia solistas, duetos, y otros grupos reducidos.
Volviendo al principio, después de estas explicaciones, las canciones y la alabanza en general fue una de las cosas que más me atrapó. Me resultaba curioso ver a más de doscientas personas cantar y tocar instrumentos con tantas ganas (porque de verdad cantamos a todo pulmón, de ahí que las iglesias pentecostales seamos las "ruidosas" del grupo evangélico). Me parecía conmovedor ver a ancianos, jóvenes y niños cantarle canciones a su Dios. Venía de la católica, así que creo que eso habrá influido en mi impresión, pero sin duda era algo maravilloso.
Hoy en día disfruto de cantar en la Iglesia tanto como cualquiera, pero sentadita en mi banco, o con el grupo de jóvenes. Cantar no es mi talento particular y no tengo porque torturar los Divinos Oídos con mis chillidos desafinados. Que Dios me perdoné, y seguro que lo hace.
Alabar al Señor por medio de cánticos es una grata manera de orar y agradecer, yo lo hago muy a menudo.
ResponderEliminarUn abrazo.